
10 de febrero
Estados Unidos aprieta el bloqueo a Cuba, se corta el suministro de petróleo y la isla empieza a colapsar. Falta energía, escasean los alimentos y los servicios básicos se vienen abajo. ¿Y quién aparece al rescate? El Gobierno de México, enviando “ayuda humanitaria”.
Y no, ayudar al pueblo cubano no está mal. La bronca es otra. Lo que queda claro es que la dictadura cubana no puede ni con su propia casa. No garantiza comida, no garantiza servicios y no garantiza futuro. Pero eso sí, aliados no le faltan.
Ahora bien, mientras México manda petróleo y víveres a La Habana, acá, en nuestro país, hay comunidades indígenas que siguen viviendo como si el siglo XXI no hubiera llegado. Sin agua, sin médicos, sin caminos. Pero según el discurso oficial, la pobreza ya casi no existe… porque hay programas sociales. Programas que, curiosamente, también sirven para campañas electorales.
El llamado “humanismo” parece tener brújula ideológica. Cuba sí. África no tanto. Otros países en crisis, menos. No son de izquierda, no son cuates, no cuentan.
Y la pregunta incómoda es inevitable: ¿cuánto cuesta esta ayuda y quién la paga? Porque no sale del bolsillo del gobierno, sale de los impuestos de todos los mexicanos. Transparencia para el discurso, pero silencio para los números.
No se trata de atacar la ayuda humanitaria. Se trata de coherencia. De voltear a ver primero la casa antes de querer arreglar la del vecino. Porque ayudar está bien… pero antes de todo eso, alguien debería preguntar:
¿y los mexicanos, apá? 🎙️

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