Editorial

Editorial: Morena y el desafío de la congruencia

08 de mayo. La reciente decisión del Consejo Nacional de Morena de aprobar por unanimidad el contenido de la carta enviada por la presidenta Claudia Sheinbaum marca un hito simbólico y político de alto calado. El documento, que prohíbe el nepotismo, la reelección, el uso indebido de recursos públicos, los lujos injustificables como viajes en primera clase o vehículos blindados, y la tentación de convertir al partido en un instrumento de control, refleja una intención clara de romper con las prácticas que por décadas minaron la confianza ciudadana en los partidos políticos tradicionales.

Sheinbaum apeló a una idea poderosa: la “parafemalia del poder” —esos símbolos y actitudes asociadas al privilegio, al derroche y a la arrogancia— ya no tienen cabida en un movimiento que se dice heredero de los ideales de justicia, austeridad y honestidad que dieron origen a Morena. La presidenta ha planteado un panorama ético, justo en un momento en que la lucha interna en el partido amenaza con desdibujar su narrativa de transformación. Ex perredistas, ex priistas y otros actores que se han integrado en los últimos años han importado no solo estructuras sino prácticas que contradicen el espíritu fundacional del movimiento.

El mensaje de la presidenta parece orientado a contener los excesos antes de que escalen y se conviertan en un lastre electoral y moral para su administración. También es un intento por evitar que el partido reproduzca los vicios del viejo régimen: el clientelismo, el control corporativo, la impunidad dentro del partido y la verticalidad autoritaria disfrazada de disciplina.

Sin embargo, el verdadero desafío no es la redacción de principios, sino su aplicación efectiva. Ya en múltiples ocasiones, aliados como el PT y el PVEM han alzado la voz para denunciar los desplantes autoritarios y de soberbia que algunos cuadros morenistas han adoptado como estilo de hacer política. Estas actitudes son incompatibles con un partido que presume cercanía con el pueblo y que se promueve como alternativa ética frente al pasado. La verticalidad mal entendida, la falta de autocrítica interna y la protección de intereses personales bajo el manto de la unidad pueden vaciar de sentido cualquier compromiso escrito.

Por eso, más allá de los aplausos simbólicos o las aprobaciones por consenso, Morena enfrenta hoy una prueba de congruencia. La historia política reciente de México está plagada de partidos que comenzaron con una narrativa de ruptura y acabaron replicando los mismos patrones de poder que dijeron combatir. Morena tiene la oportunidad —y la responsabilidad— de demostrar que puede ser distinto. Que puede, en efecto, asumir la austeridad como principio rector y no solo como discurso. Que puede rechazar el nepotismo y el uso de cargos públicos como botín familiar. Que puede promover la humildad, no como estrategia electoral, sino como ética de ejercicio del poder.

Cumplir estos lineamientos no solo es una cuestión de coherencia política, sino de legitimidad moral ante una ciudadanía que ha aprendido a desconfiar de las promesas grandilocuentes.

Que la carta de Sheinbaum no quede como un gesto para la tribuna, sino como el inicio de una nueva etapa interna en la que los principios no se negocien y donde las reglas se apliquen sin excepciones.

Esperemos, por el bien del país y de la democracia, que Morena esté a la altura de sus propias palabras y que estos lineamientos no se queden en el papel, sino que se traduzcan en acciones concretas y sostenidas.

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