
15 de noviembre de 2025. Hoy quiero hablar claro, directo, como se habla en la calle.
La presidenta Claudia Sheinbaum ha captado y mostrado sensibilidad ante un gran problema y abrió un debate que hace años estaba atorado: los famosos tiempos oficiales, esos minutos que la radio y la televisión tienen que darle al Estado desde hace años para transmitir propaganda electoral.
Y mire, no es poca cosa. Cada estación está obligada a poner 48 minutos diarios de spots de los partidos. Gratis. Sí, gratis para ellos… pero caros para la radio.
Porque esos minutos no se cobran, pero sí se pagan:
se pagan en audiencia que se va, se pagan en anuncios que no salen, y se pagan en gente y recursos que se tienen que dedicar a cumplir una ley que no les devuelve nada.
Es, hay que decirlo, una especie de doble impuesto disfrazado.
La radio termina financiando la propaganda del país… y todavía los políticos le dicen que no se queje.
La presidenta dice que quiere dialogar el tema. Eso ya es un paso.
Pero este asunto va mucho más allá del calendario electoral.
Aquí estamos hablando de la relación entre el poder y los medios. Y en la democracia y libertad de expresión ninguno debe controlar al otro.
Porque la radio mexicana, usted lo sabe, siempre ha sido una industria vigilada, regulada, presionada.
¿Por qué?
No porque sea débil…
sino porque es muy fuerte.
Porque la radio tiene algo que ningún gobierno quiere perder de vista:
llega a todos, hace opinión, abre debate y también exhibe las fallas de quien gobierna.
Mientras las redes sociales van y vienen, la radio se sigue escuchando en cada colonia, en cada taxi, en cada tiendita.
Por eso los gobiernos —de izquierda, de derecha, y de todos colores— nunca han querido soltarla.
Los tiempos oficiales y las sanciones se han usado para tenerla cortita, con el argumento de que “la radio debe servir al Estado”.
Pero la realidad es la contraria:
el Estado se ha servido de la radio como su bocina electoral.
Y eso tiene que cambiar.
Porque, además, el modelo ya no funciona.
Los ciudadanos estamos cansados de escuchar los mismos mensajes, una y otra vez, sin contenido, sin emoción, sin una idea nueva.
La saturación convirtió todo en ruido.
Y una democracia llena de ruido… deja de escuchar.
Lo que México necesita es un nuevo acuerdo:
uno donde haya confianza, no control;
donde los partidos puedan comunicar, sí, pero donde no sean los medios los que carguen solos con el costo;
donde la libertad de expresión no se mida por cuántos spots se transmiten, sino por cuántas voces pueden entrar a la conversación.
La democracia no se fortalece repitiendo mensajes, sino escuchando gente.
Escuchando al ciudadano.
Y quizá es momento de reconocer que la radio, lejos de ser un riesgo para el poder, sigue siendo uno de los pocos lugares donde la gente encuentra verdad, diversidad y reflexión.
Si el gobierno quiere una democracia más libre, tiene que dejar de usar a la radio como tribuna…
y empezar a verla como interlocutora.
Porque al final, y hay que decirlo tal cual: la democracia no cabe en un spot.

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