Editorial

EDITORIAL: “Calladito te ves más bonito”: la consigna no escrita del poder

23 de mayo. En un país con miles de carpetas de investigación empolvadas, donde la impunidad es la norma y la justicia parece privilegio de unos cuantos, el Estado ha demostrado que sí puede actuar con velocidad… pero solo cuando se trata de proteger el ego de los poderosos. El reciente caso del abogado Carlos Velázquez de León, obligado a disculparse públicamente ante el senador Gerardo Fernández Noroña por un altercado verbal en un aeropuerto, es un símbolo alarmante del uso desproporcionado de las instituciones para castigar la crítica.

Mientras feminicidios, desapariciones y casos de corrupción aguardan en el desdén burocrático, la Fiscalía General de la República y el aparato jurídico del Senado se activaron como maquinaria engrasada para castigar lo que, en esencia, fue un exabrupto verbal. ¿Dónde están esos reflejos para atender a las víctimas reales de este país? ¿O es que el verdadero crimen hoy es incomodar al poder?

Más grave aún es que se presente este episodio como un “precedente”, como lo celebra el propio Noroña. ¿Un precedente de qué? ¿De que la crítica puede volverse delito si se lanza contra alguien con fuero? ¿De que insultar a un político amerita la intervención del Estado, pero insultar a la ciudadanía con negligencia no tiene consecuencias? Esta visión no solo es distorsionada: es peligrosa.

La misma contradicción se extiende al ámbito del periodismo. El caso de las medidas cautelares impuestas al periodista Héctor de Mauleón y al diario El Universal por una columna de opinión crítica en Tamaulipas deja claro que los límites a la libertad de expresión están cada vez más cerca… y no son líneas imaginarias, sino barreras legales impuestas con toga y martillo.

El mensaje es claro y preocupante: cuestionar al poder puede salir caro. Lo que antes era un derecho —el de expresarse, criticar, exigir— hoy se castiga con procesos judiciales, humillaciones públicas y censura. Se ha instaurado, sin declararlo formalmente, una ley mordaza que no requiere papel oficial: se ejecuta a través del miedo, la intimidación y el uso selectivo del sistema de justicia.

Cabe mencionar que la nueva iniciativa presidencial en materia de telecomunicaciones ha encendido una alerta legítima sobre el rumbo que podría tomar la libertad de expresión en México. La queja de la CIRT, expresada por su presidente José Antonio García Herrera, refleja una preocupación de fondo: una sobrerregulación que se concentra únicamente en la radio y televisión abiertas, podría limitar el ejercicio periodístico y empobrecer la pluralidad informativa, mientras otros medios digitales quedan al margen.

Parece haber una incongruencia, ya que para ejercer la libertad de expresión o evitar la censura, buscan acceso a internet o redes sociales, los cuales están limitados por la cobertura tecnológica o implica un costo. Esto afecta especialmente a comunidades de la región Mixteca. Resulta contradictorio que se busque regular o limitar los medios de comunicación más accesibles para la mayoría de la población, como es la radio y televisión, ¿Dónde queda entonces la prioridad de “primero los pobres”?

La libertad de expresión no puede ser objeto de medidas desproporcionadas que, bajo el pretexto de proteger a las audiencias, terminen imponiendo filtros ideológicos o burocráticos a los contenidos.

Ante este panorama, la democracia no se construye con aplausos obligados ni con silencios impuestos. La crítica, incluso la más incómoda, es el pulso de una sociedad viva. Y cuando desde las instituciones se opta por castigarla en lugar de protegerla, no estamos frente a una defensa de la investidura pública… sino ante el rostro autoritario de un sistema que se protege a sí mismo.

Porque mientras los ciudadanos son expuestos y humillados por alzar la voz, los políticos pueden refugiarse tras el escudo de la solemnidad y el fuero. Así, el país se va pareciendo cada vez más a un lugar donde el que denuncia es perseguido, y el que gobierna no tolera el más mínimo desacuerdo.

Y si esto sigue siendo “la transformación”, habrá que preguntarse: ¿transformación hacia qué? Porque al paso que vamos, el nuevo lema nacional parece ser: “Calladito te ves más bonito.”

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