9 de febrero. El pueblo de Tejaltitlán, perteneciente a San Jerónimo Silacayoapilla, se ha caracterizado a lo largo de los años por producir ladrillo y teja, pues el barro de ese lugar, se presta para realizar la labor.
La fabricación de los ladrillos es un trabajo artesanal, pues inicia con el acarreo de la tierra, la cual es aplastada con los pies hasta deshacer los grumos que se forman con la humedad. Posteriormente se cierne para hacerla más fina, y enseguida se mezcla con agua y excrem ento de animales hasta formar una masa homogénea.
Los ladrilleros de Tejaltitlán se encargan de hacer todo el proceso. Con sus pies doman la rigidez de la tierra y con sus manos la mezclan convirtiéndola en la masa que posteriormente colocan en moldes de madera para darles la forma deseada.
Después de unos minutos retiran la mezcla del molde y dejan secando al sol los ladrillos, que van almacenando hasta que llegan a tener de 2 mil a 3 mil piezas. Es entonces cuando los hornean para que adquieran dureza.
Cuando llega el momento de la quema, es decir, cuando cuecen las tejas y ladrillos, ambos se introducen en un horno, que requiere de una temperatura mayor a mil grados para dar al producto la resistencia ideal.
En ese proceso pueden pasar semanas enteras. Tan sólo en la quema se utilizan 3 días, mientras se acomodan los ladrillos, se calienta el horno, se realiza la cocción, se enfría el horno y finalmente se obtiene el producto.
Desde hace muchos años Tejaltitlán ha sido cuna de productores de ladrillos, sin embargo, hasta hace poco fue cuando se unieron 5 de ellos con el objeto de abaratar costos é incluir la tecnología en el proceso de producción.
Fue así como formaron la Sociedad Cooperativa “Productores de Ladrillos y tejas de la Mixteca”.
Un problema que enfrentaron los ladrilleros fue la deforestación. El representante de la cooperativa, Guadalupe Ríos Martínez, refiere que en menos de 30 años se acabaron el bosque, pues por cada quema talaban de 2 a 3 árboles, y en temporadas fuertes, llegaban a cortar hasta 50 árboles por mes.
Un día ya no tuvieron nada que cortar. Los productores se vieron entonces en la necesidad de pagar hasta mil 200 pesos por una camioneta de 3 toneladas cargada hasta de leña que consumían en una sola quema.
Con ese problema acudieron a la Universidad Tecnológica de la Mixteca, donde encontraron la solución: la UTM desarrolló un quemador que funciona a base de aceite quemado, el cual reduce sus costos de producción y evita la tala indiscriminada de árboles.
El jefe de la Unidad Regional de Culturas Populares, Guillermo Círigo Villagómez informó que el estudio para hacer el proyecto lo financió la Secretaría de Desarrollo Social, el diseño lo hizo la UTM, y el dinero para el quemador y una planta generadora de energía que lo hiciera funcionar, lo puso Culturas Populares, a través del Pacmyc.
Con el nuevo quemador se bajaron más de la mitad los costos del combustible, hay menor cantidad de humo durante la quema, se puede controlar la temperatura del horno, que sigue siendo el mismo de antaño, y se aprovecha el aceite quemado que desechan los talleres mecánicos.
El reto ahora, comentó el jefe regional de culturas Populares, es diseñar una revolvedora que sustituya el proceso de tratar la tierra con los pies, pues aunque el valor artesanal de la fabricación de ladrillos es grande, la tarea implica un esfuerzo físico que muchos jóvenes se niegan a aceptar.
A pesar de que los ladrilleros se acabaron el bosque por la tala de árboles, su manera de trabajar denota un respeto a la naturaleza, pues no se dedican a producir de manera industrial, sino que lo hacen por temporadas, de manera que en cierta época del año se dedican a la siembra, y otras actividades.
Guillermo Círigo se refirió a esa forma de trabajo como “una forma de producción con sabiduría”, y confió en la ambición no se apodere de los productores de Tejaltitlán, pues de hacerlo, el uso de la tecnología les permitiría incrementar en gran medida la producción y abaratar sus costos, logrando con esto la quiebra de muchos más productores de ladrillo de la misma población, y una sobre-explotación de los recursos naturales que les han permitido durante generaciones y generaciones mantener la actividad que aprendieron de su padres y pretenden enseñar a sus hijos: la producción de tejas y ladrillos.

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