
Cuando cumplimos años, automáticamente vienen a nuestra mente de manera avasalladora los momentos del pasado. El cumplir años es simplemente atisbar, escudriñar, por la ventana de los recuerdos, porque la vida se reduce a lo que fue y llegar a un año más vida, nos enfrenta a nuestra vastedad de pasado, con regocijo por lo logrado, con pesar por lo perdido y nos pone en la mira la cortedad de lo que viene.
Con frecuencia meditamos sobre nuestro pasado. algunos, seguramente se sentirán orgullosos de todo lo logrado, de todo lo vivido. Otros estarán rumiando su intrascendencia y fracaso. Una u otra cosa está ahí, en los pasillos de la mente. Claro; algunos de esos recuerdos se trasladan a los cestos de lo olvidado, pero en muchos casos están sumamente activos para construir o para sufrir, es decir, el pasado se convierte en una elección, en una motivación.

Una de las oportunidades que nos brinda el pasado es la posibilidad de reconocer la importancia del valor de la gratitud. Son pensamientos que evocamos y que traemos al presente, para expresar con actos y palabras, agradecimiento para aquellos compañeros del viaje, que nos otorgaron caricias en el corazón al habérnoslas entregado de manera física o espiritual o emocional. Expresar gratitud es una de las cosas para lo que nos sirve lo vivido. Todos los seres humanos están ávidos de gratitud, de reconocimiento y la gran mayoría no tienen ese privilegio: viven con la ingratitud, que enferma, desalienta. Aprendamos a retribuirle a aquellas personas que nos hicieron sentir bien el día de ayer y trasladarlo en forma de gratitud y agasajar el alma de nuestro bienhechor.
El pasado, ayudado por su aliada la memoria, es la fuente en donde acumulamos información de todo tipo para construir, crear el legado, gestionar la herencia, disfrutar de la profesión, acumulamos experiencias para edificarnos como seres valiosos; y así podamos escribir aquel libro tan anhelado y plasmar ahí nuestro sentir, mi pensar, nuestro ser. Guardada en recónditos pasajes neuronales, está, también, instalada la cultura de los valores. Pero cuidado, también en el pasado se esconden los malos pensamientos y pésimas prácticas o la voluntad para perpetrar malos actos. De igual forma, el pasado es la fuente para traer a nuestra mente los recuerdos inolvidables con la familia, los amigos, los viajes, los momentos cumbre, los grandes logros. Apilemos estos recuerdos en nuestro corazón o quizás habrá que registrarlos, escribirlos, para que el tiempo no los borre. Todo lo demás que esté en el ayer, debemos de desecharlo, de olvidarlo. Luchemos a brazo partido para vivir el hoy con fortaleza, y a pesar de las circunstancias, de las vicisitudes, de los golpes bajos, de la ingratitud, a pesar de ello, saquemos fuerzas para construir el presente, de no ser así, el pretérito se convertirá en un estorbo para vivir.
Todo tiempo pasado fue diferente, no fue mejor. Lo primordial es el día de hoy, que estamos vivos, que no somos esencia vana, ni pensamientos intangibles. Cuando viajamos al pasado, a ese con carácter perturbador o punzante, ocurre un fenómeno similar como cuando fallece un ser querido, el sentimiento de no aceptación nos abruma, experimentamos ese pasado doloroso, que paradójicamente es real, y a la vez no existe. Ese sentimiento nos incomoda, nos domina, nos fulgura; como paradoja, nos aferramos a el de manera enfermiza, pero lo insensato del caso es que ¡ya no está! No viajemos a esos espacios del pasado que nos hacen sufrir; por el contrario, nuestro ayer debe ser la fuente para suspirar por los bellos momentos que vivimos, para regodearnos de los instantes entrañables.

Desde hace muchos años podemos leer en el pórtico principal del Panteón General en la ciudad de Oaxaca, en su parte superior, una frase muy sonora que nos dice: “Postraos, aquí la eternidad empieza y es polvo aquí la mundanal grandeza”, que algunos se la atribuyen al padre del poeta veracruzano Salvador Díaz Mirón, de nombre Manuel Mirón y otros señalan que fue creación del poeta michoacano José Trinidad Pérez. Muchas personas se quedan con la boca abierta, otras la apuntan para no olvidarla, ya que es una expresión bien construida, de indiscutible emotividad. ¡Ah, la importancia de las palabras! Pero no, no es tan contundente. Yo la cambiaría en su segunda parte y diría: “Postraos, aquí la eternidad empieza y es polvo aquí la pobreza que se arrastró frecuentemente por toda una vida, es polvo aquí la indolencia, la flojera, la falta de sueños Bienvenida la mundanal grandeza”. Creo que todos los seres razonables, con dos dedos de frente, están pensando en ser excelentes, algunos, con ambiciones extraordinarias están aspirando a la grandeza, a la prosperidad, a la tranquilidad, al reconocimiento, a la trascendencia, que son las cosas esenciales y válidas en esta vida. Después de la muerte ya nada queda, creo que ni la eternidad, porque muchos seremos olvidados al otro día de despedirnos de la faz de la tierra. Eternidad es un concepto tan intangible e inefable, que quizás simplemente no sea nada. Por ello, debemos de aprovechar el presente
para lograr un pasado sensacional, y sobre todo que nos sea de utilidad para finalmente, construir un futuro con las acciones de día de hoy.
“La única manera de disfrutar de la vida es aprovechar éticamente, el intervalo entre el nacer y el morir”


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