
11 de octubre 2025. Uno de los pilares fundamentales sobre los que Morena construyó su narrativa política fue la “austeridad republicana”, desde el inicio del sexenio de Andrés Manuel López Obrador, la promesa fue clara: acabar con los excesos del poder, terminar con la clase política que viajaba en aviones privados, comía en restaurantes de lujo y vivía desconectada del pueblo. Sin embargo, como ha quedado evidenciado en las recientes acciones de algunos de sus representantes más visibles, el discurso de austeridad parece tener fecha de caducidad en cuanto se accede a un cargo de poder.
Los casos del senador Gerardo Fernández Noroña y del gobernador de Puebla, Alejandro Armenta, son emblemáticos. Ambos personajes, militantes del Movimiento que presume representar al pueblo, han sido captados utilizando aeronaves privadas para viajes personales o giras políticas. Noroña, en particular, se mostró hasta despectivo ante las críticas, minimizando el uso de un avión privado porque era “bastante pequeño, de solo cuatro plazas”. En tanto, Armenta regresó de Nueva Jersey en un Learjet que costó más de 300 mil pesos, alegando motivos familiares, pero sin una explicación transparente sobre quién pagó por el servicio.
En ambos casos se ha insistido en que “no se usaron recursos públicos”. Sin embargo, esto no responde al cuestionamiento de fondo. La crítica no es sólo por el origen de los recursos, sino por la incongruencia entre lo que se predica y lo que se practica. ¿No fue acaso López Obrador quien afirmó que ningún funcionario debía usar aviones privados porque era una ofensa para un país con tanta desigualdad? ¿No ha sido Morena quien ha insistido, una y otra vez, en que sus funcionarios deben conducirse con sencillez y empatía con el pueblo?
Incluso la presidenta de la República, Claudia Sheinbaum Pardo, recordó las palabras del presidente Benito Juárez al afirmar que “los gobernantes debemos vivir en la justa medianía”, para lanzar un mensaje firme a la clase política: el recurso público jamás debe ir a los bolsillos de un gobernante.
A esto se suma la revelación de que Andy López Beltrán, hijo del expresidente, importó una obra de arte japonesa valuada en más de medio millón de pesos. Aunque legal, nuevamente la acción pone en tela de juicio el discurso de “vivir en la justa medianía” que supuestamente rige la vida de quienes abrazan la llamada Cuarta Transformación.
Es inevitable preguntarse si los principios que defienden desde la oposición y durante las campañas siguen vigentes una vez que se alcanza el poder. La austeridad no puede ser un valor de conveniencia, utilizado para ganar votos y luego olvidado al ocupar un cargo público. De lo contrario, la llamada 4T corre el riesgo de convertirse en aquello que tanto criticó: una élite política que predica para el pueblo, pero vive para sí misma.
El país no necesita un gobierno que simule ser austero, sino funcionarios que vivan con coherencia y ética pública. No basta con no robar —como tanto se repite—, también se debe evitar caer en el lujo innecesario, especialmente cuando se hace desde una narrativa de “transformación”.
La Cuarta Transformación enfrenta un serio problema de credibilidad. No es solo cuestión de aviones o pinturas costosas; es la señal de que el poder transforma más a las personas que lo que las personas transforman al poder. La verdadera transformación comienza por el ejemplo, y mientras sus representantes sigan contradiciendo los principios que los llevaron al gobierno, Morena estará construyendo el mismo sistema que prometió destruir. Solo que, ahora, lo hará a bordo de un jet privado.

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