Editorial

El Editorial. Cuando la fuerza manda, la ley calla

02 de mayo. El próximo 1 de junio, México vivirá un hecho sin precedentes en su historia democrática: la elección por voto directo de cientos de integrantes del Poder Judicial, incluyendo jueces, magistrados y hasta ministros de la Suprema Corte.

Esta medida, promovida por el actual gobierno como una vía para abrir el sistema judicial a la ciudadanía y combatir prácticas nocivas como la corrupción o el nepotismo, ha despertado tanto expectativas como preocupaciones legítimas.

El argumento oficial es claro: es necesario romper con los círculos cerrados que han definido históricamente la carrera judicial en el país. La elección popular permitiría devolverle a la sociedad la capacidad de decidir quiénes imparten justicia, garantizando transparencia y rendición de cuentas. Sin embargo, el camino hacia esa meta está plagado de complejidades que no pueden ser ignoradas.

Uno de los principales retos es la magnitud del proceso. Elegir a 881 cargos judiciales entre más de tres mil 400 candidatos representa una carga excesiva para el electorado, que no cuenta con las herramientas necesarias para emitir un voto informado. A diferencia de otros comicios, en los que los partidos políticos estructuran campañas y propuestas, en este caso el perfil técnico y la escasa difusión de información han generado confusión y apatía. La falta de boletas claras y materiales accesibles no hace sino reforzar esta desconexión entre la ciudadanía y los aspirantes.

Además, ha surgido un tema delicado: la calidad ética de algunos candidatos. Existen señalamientos preocupantes hacia personas con antecedentes penales o presuntos vínculos con el crimen organizado.

Aunque el Instituto Nacional Electoral ha implementado filtros para limitar la participación de quienes enfrentan acusaciones por violencia de género o adeudos alimentarios, estos controles no son preventivos, sino correctivos, lo que implica que los problemas podrían ser detectados hasta después de la elección.

Otro foco de controversia ha sido la posible intromisión política en el proceso. Mientras la presidenta Claudia Sheinbaum sostiene que se trata de una reforma democratizadora, voces críticas, incluyendo exmandatarios, advierten que esta medida podría minar la independencia judicial, al exponer a los jueces a dinámicas electorales y partidistas que contradicen su papel como garantes imparciales del Estado de derecho.

A pesar de todo, esta elección podría marcar un punto de inflexión si se gestiona con responsabilidad. La transformación del Poder Judicial es una tarea legítima y necesaria, pero debe realizarse sin comprometer los principios de autonomía e imparcialidad que le dan sentido. Esto exige una ciudadanía activa, crítica y bien informada, así como instituciones sólidas que prioricen la ética, la transparencia y el profesionalismo en cada etapa del proceso.

La promesa de una justicia al servicio del pueblo solo será posible si se garantiza que quienes la imparten lo hacen por mérito, no por conveniencia política. De lo contrario, corremos el riesgo de cambiar las formas, pero no el fondo.

Esperemos que en este caso no se cumpla lo que el dicho reza que Cuando la fuerza manda, la ley calla.

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