
16 de mayo. En un principio no eligió ser maestra; pero tal vez fue el magisterio quien la eligió a ella.
Quiso estudiar Medicina pero sus padres no estaban en posibilidades de solventar sus estudios en el Distrito Federal.
Julia Martínez Arroyo, quien desde los seis años de edad empezó a ayudar a preparar la comida que su abuelita y luego su mamá vendían en el mercado municipal, cursó la primaria en la escuela “Gregorio Torres Quintero” de su tierra natal, Tamazulápam del Progreso, y la secundaria en la escuela “Licenciado Benito Juárez” de Huajuapan, donde se alojó como “pupila” en la casa de la familia Enríquez y posteriormente en la de la señora Loreto Díaz.
Al concluir la secundaria sus padres le hicieron saber que no podrían solventar sus estudios y su estancia en la capital del país, pues su hermano mayor y dos de sus hermanas ya estudiaban Medicina, Contaduría y Enfermería, respectivamente, en el entonces Distrito Federal; en cambio, le propusieron que ingresara a la Escuela Normal “Vanguardia” de Tamazulápam.
Aunque no estaba convencida del todo, aceptó… y así descubrió su verdadera vocación.
“Me comentaba mi abuelita que yo, dormida, me ponía trabajar con los niños; desde ahí yo creo que ya traía la vocación para ser maestra. Yo estaba pensando en Medicina, pero creo que esta fue mi vocación”, rememora.
A los 19 años de edad, al concluir la carrera, le fue asignada su plaza en San Juan Huaxtepec, del municipio de Silacayoápam. Para llegar tenía que caminar más de tres horas desde el lugar donde la dejaba el autobús, y permanecer en la comunidad dos semanas completas, pues sólo regresaba a Huajuapan cada quincena para cobrar su sueldo.
Fue ahí donde conoció a quien hoy es su esposo, quien acababa de llegar, recién egresado de la Normal de Río Grande, y donde procreó a sus dos hijas mayores, a quienes prácticamente crió en ese pueblo.
En esa época había muchas carencias, pues no era fácil conseguir alimentos, y tampoco había agua; sin embargo, las personas del pueblo eran solidarias, pues en muchas ocasiones compartían con los maestros sus alimentos, y cada alumno les apoyaba llevándoles una cubeta o un bote de agua, la cual tenían que administrar para que les alcanzara.
Después de dos años le dieron su cambio a San Agustín Atenango, donde las condiciones eran mejores porque la comunidad estaba a orilla de carretera y tenía más servicios; pero en 1986 ella y el resto de los maestros tuvieron que salir debido al enfrentamiento entre “democráticos” y “vanguardistas”, que dejó como saldo un profesor muerto y varios más heridos de bala.
Por esta situación recibió su cambio a Santa María El Zapote, donde estuvo aproximadamente un año y medio; posteriormente la cambiaron a San Francisco El Chico, y finalmente a Santiago Huajolotitlán, donde permaneció los últimos 17 años de su actividad docente, antes de jubilarse en el año 2010.
Aclara que la decisión de retirarse no la tomó porque ya no se sintiera a gusto dando clase, sino para dar paso a las nuevas generaciones de maestros.
Recuerda que cuando se inició en el magisterio, el maestro, el médico y el sacerdote eran personajes respetables en las comunidades y se involucraban en la vida de las mismas, lo que hoy se ha perdido en gran parte.
“Tanto el maestro, como el doctor y el sacerdote hacían una labor muy grande en las comunidades. El maestro era el maestro, era el consejero, era el todo, porque hasta para las fiestas nos pedían opinión”, señala.
Al hacer un balance de los 30 años que dedicó a la enseñanza, la maestra Julia asegura que si tuviera la oportunidad de elegir nuevamente, volvería a elegir ser maestra.
“Definitivamente ser maestra. La Medicina ya se quedó en segundo plano, pero, no, definitivamente volvería a estudiar para maestra; es una vocación muy bonita, muy hermosa si la sabemos guiar”.
– Francisco Círigo
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