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Una larga noche de aplausos y canciones

Francisco Círigo

FOTO BUENA DE ALBERTO CORTEZ El público se puso de pie y aplaudió frenéticamente durante más de un minuto. Vestido todo de negro, con los brazos cruzados sobre el pecho e inclinando ligeramente la cabeza, Alberto Cortez agradeció la ovación de los más de 350 espectadores reunidos en el Club de Leones de Huajuapan. Parecía el fin de una actuación exitosa; sin embargo el cantante argentino apenas había salido al escenario.

En los teclados, Zito Zelante prolongaba el intro en espera de que el aplauso se extinguiese. Finalmente, el público comenzó a sentarse cuando la voz de Cortez llenó el local. Eran las nueve y media de la noche. Casi la mitad de las sillas estaban vacías porque, como reconoció el director de la Casa de la Cultura, Pánfilo García Vázquez, faltó tiempo para promover el concierto.

Sin embargo, al cantante parecía no importarle la escasa asistencia y se entregaba en cada interpretación, contagiado por el recibimiento poco usual de un público que lo ovacionó de pie cuando aún no empezaba a cantar. Y la gente respondía con más aplausos cuando escuchaba las canciones conocidas como Los demás, pero también ante temas de su más reciente disco Sueños y quimeras, como Alma mía. La ovación subió de intensidad cuando, después de tres melodías consecutivas, Cortez saludó al público.

Conforme los minutos transcurrían, la gente se iba dejando envolver por los temas de contenido humano, de rebeldía, de amor y de ternura, hilvanados con los comentarios, a veces crudos, a veces ingeniosos del cantante. Temas de reflexión como A partir de mañana; de ruptura de los convencionalismos como Castillos en el aire; de amor a la vida como Qué suerte he tenido de nacer; o de contenido filosófico, imágenes poéticas y tiernas, como Callejero.

Temas de rebeldía y de crítica ante la cruda realidad de las guerras que cuestan miles de millones de dólares, en un mundo con hambre, como Hasta cuándo seguiremos esperando; o ante la realidad de los niños de la calle, expresada en Juan Golondrina y en Cachorros de hombre. Cortez suda copiosamente, se quita el suéter negro y pide agua. Pero el intenso calor de la sala no es obstáculo para que aflore la sensibilidad cuando interpreta los temas de un amor que subsiste e incluso se fortalece con los años, como en De ayer a hoy y Como el primer día; del que sobrevive a pesar de la ausencia, como en Te llegará una rosa; del amor condenado a la clandestinidad, como en Mariana; o del que adquiere dimensiones de tragedia, plasmada espléndidamente por la pluma del poeta Joaquín Dicenta: Una noche oscura/ se fue de mi casa/ cegaron mis ojos/ para no mirarla/ para no seguirla/ cerré las ventanas/ clausuré las puertas/ para no llamarla / y a la luz difusa/ de la madrugada/ me quité la vida/ para no matarla.

Después de cantar Cuando te asomes al amor y Miguitas de ternura, el cantante hace gala de su buen humor, cuando platica con el público sobre sus 18 años consecutivos de venir a México. Y hace que el público se entregue plenamente cuando empuña la guitarra e interpreta un popurrí con cuatro de sus grandes éxitos: En un rincón del alma, Te llegará una rosa, Mi árbol y yo, y Hay que ver. Con la última estrofa las luces de la sala se encienden, el grupo repite los acordes finales, a manera de rúbrica, y el público se pone de pie otra vez y aplaude larga, interminablemente. Sin embargo, el cantante no abandona el foro, agradece los aplausos, con un ademán los comparte con sus músicos, toma un sorbo de agua y comenta: “Bueno, ustedes no se preocupen, esto es lo que llamamos una salida falsa”. Y después de un momento de charla, que aprovecha para anunciar la venta de su nuevo libro, Soy un ser humano, interpreta cuatro temas más, presenta a sus músicos y anuncia, ahora sí, el final.

Entre la ovación del público que por tercera vez le aplaude de pie, Cortez interpreta el último tema. En el momento sublime, deja el micrófono en el piso y canta las últimas estrofas a pleno pulmón, llenado con su voz potente el salón: Cuando un amigo se va/ queda un espacio vacío/ que no lo puede llenar/ la llegada de otro amigo. Nuevamente las luces de la sala se encienden y otra vez la gente se pone de pie, tributándole un largo aplauso, que se mantiene cuando el cantante lo comparte con sus músicos, cuando se arrodilla para depositar un beso en el piso del escenario; que se prolonga cuando se pone nuevamente en suéter negro de cuello en “v”, abandona el foro y sale por la puerta lateral, poniendo fin a una larga noche de aplausos y canciones.

 

 

El domingo pasado Alberto Cortez actuó en el auditorio Guelaguetza de la ciudad de Oaxaca en la clausura del festival Humánitas 2008. Hace casi 22 años, el 13 de noviembre de 2006, Cortez estuvo en Huajuapan y ofreció un concierto en el Club de Leones. Francisco Círigo recrea esa actuación a través de la siguiente crónica, que forma parte de su libro “Ni callada ni dormida”, que será presentado el próximo 7 de junio.

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