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Los graffiteros de Huajuapan

Alicia Sandoval

02 mayo. ¡Mamá! Ya se que quiero ser cuando sea grande! “Graffitero”, ¡ay no hijo, eso para vagos!…Esta última frase retumba como un eco en la cabeza de Diego, que a sus 10 años de edad, está sentado en la orilla de la banqueta rezongando –como los hombres- porque Esme y Bety no llegan a tiempo para jugar a las escondidas como prometieron.

En su cabeza está la fotografía de su hermano Rodolfo de 20 años, ese al que no ve desde hace tres. Recrea, una y otra vez la imagen de cuando abrió los ojos lastimado por la luz de la lámpara de la calle y vio la silueta que saltaba fuera de la venta, sólo el color rojo brillante de la gorra retuvo entre sueños, y a la mañana siguiente, su hermanito del alma se había ido.

Gritos de los padres, que si tú, que si yo, que se ha convertido en un delincuente, que anda saltando bardas para disque pintar, y creo que hasta se anda drogando.

Azotó la puerta y se fue, pero aquel señor de barba profusa, no dejó el hueco de Rodo -así lo llamaba Diego- porque en realidad nunca había estado. Un matriarcado era lo que él conocía.

El pequeño guarda en la bolsa de sus pantalones unas válvulas como “tesoros”, esos implementos que dependiendo del tamaño del orificio pueden ayudar a marcar trazos y hacer los tag´s, bombas o piezas, como se llama a cada uno de los dibujos que los graffiteros plasman en bardas, preferentemente en lugares no permitidos, pues ese es el espíritu del graffiti: la clandestinidad.

Una expresión artística que nació a finales de los años 60 en Nueva York, pero que tiene sus antecedentes en el Imperio Romano, con la inscripción anónima de reclamos políticos en paredes, luego un nombre y un número que identificaba al autor “Taki 183”, hasta nuestros días, con imágenes elaboradas que llevan un mensaje de rebeldía, con la inclusión de iconografías del imaginario popular y para legitimar a un grupo que no quiere estar oculto, al contrario quiere que lo vean.

Diego toma la calle de su casa en el centro de Huajuapan, se aleja de esa barda donde se reunía su hermano con otros graffiteros, con su grupo, “crew” como le llaman y en la que escribió un grafo que dice: “Calles llenas de amor”.

El color morado de la bomba, a petición de él mismo, su tono favorito, lo hace añorar los tiempos en los que de noche, juntos, escuchaban hip-hop, cuando Rodo le decía que esa música rescató al graffiti en los 80 y que “hip-hop, breakers y tag´s se hicieron inseparables” el lenguaje de las pandillas callejeras que lamentablemente se ligó a drogas como el crack, de ahí la mala fama de ahora, aunque en la mayoría de los casos de la adicción no quede nada.

De camino a su casa y de repente, la posibilidad de encontrarse con su hermano era una realidad, ese chico que rayaba, al que burlándose su hermano y los demás miembros de la crew le decían “Toy” –en el lenguaje del graffiti, poco experimentado- se había convertido en un “King”, un rey del arte urbano, y le estaba hablando, era Juan Hernández Herrera.

Perteneciente a la crew MUR (Mentes Unidas Rayando), Juan organizaba el tercer aniversario del movimiento graffiti en Huajuapan. Diego se ofreció a colaborar, Juan le explicó el objetivo, aunque de antemano sabía que “Ego”, como las últimas tres letras de su nombre, estaba bien instruido por Rodo,

“Ya tres años y medio de estar luchando contra la represión, por los espacios que no se dan en Huajuapan, es muy difícil encontrar un espacio… Somos alrededor de 10, fue hace 4 años, todos empezamos haciendo nuestros garabatos y desde que agarras un aerosol, ya no lo sueltas…Unos lo ven como vandalismo, nosotros lo vemos como arte”, comentó. 

Ego se animo, tímido pregunto por su hermano, ¿dónde está?, Juan contestó con otra pregunta, ¿Tú también crees que el graffiti es de vándalos?

“La gente siempre va estar ahí, que como somos delincuentes pintamos las paredes, no es así porque a veces lo hacemos legal y pintamos cosas más reales, más conscientes. La represión siempre está ahí, simplemente ayer tuvimos un conflicto con la policía de que nos vio rayando ahí por la calle de San José, pero nos hizo feo”, dijo. 

Ego se acordó de su mamá, de él y de Rodo, de su dolor por perder a quien consideraba su papá, su hermano, su amigo, por una concepción errónea, porque aunque sabía que en la actualidad hay un sector de la población que utiliza el graffiti para hacer actos vandálicos, también están los verdaderos graffiteros y aunque el reloj marcaba las 8 de la noche, decidió no regresar a su casa, quería saber de su hermano, un MUR de antaño…

Rodo va a venir, él es grande, te tiene una sorpresa…

Al evento eran invitadas las crews ADN y UK con presencia en Huajuapan, todas listas con sus outlines, bubble letters, vomitados, wild style y con el acuerdo de todos los graffiteros de ley: no puedes pintar encima de otro, debes respetar a los que tienen tiempo pintando, debes formar un crew, tener tu nombre y crear un tag. No respetar esas normas equivale a un insulto y con frecuencia se resuelve a golpes.

Las mujeres con espacios para pintar, entre ellas la “Cream” del Distrito Federal, de la crew DE (Destrucción), presente en Huajuapan contenta de que el gobierno municipal habrá espacios para el arte,

“Se les ve mucho entusiasmo a los chavos, se les ven ganas, supuestamente aquí no se podía pintar, pero ahorita hay mucha apertura por parte del gobierno…Yo me dedico a pintar ilegalmente, porque a veces no hay espacios…De hecho la primera vez que vine a Huajuapan me subieron a la patrulla”, expresó.

Es el día del evento y Ego está temeroso, duda de si Rodo llegará, después de tanta intolerancia, de una familia rota, de un hermano pequeño que quiere ser graffittero.

Hay una pared con 12 escritos, como las uvas del año nuevo, como los discípulos de Jesús, como las manecillas del reloj, graffiteros de diversos lugares del país.

Al centro del spot descubre su rostro, sus ojos se llenan de lágrimas, hay un graffiti donde el protagonista es un niño como de unos 5 años de edad, con una playera del “Chapulín Colorado” arriba de un triciclo Apache, detrás, otro niño con corte de príncipe valiente y playera del Pumas de la UNAM que lo empuja, que lo cuida de no caerse, y al lado una bomba: Nunca me fui.

El graffitero consolidado, a media carrera de diseño, escribe a su hermano la carta del perdón, del estoy aquí, del no soy un vándalo, del te ayudaré porque ser graffitero puede ser un sueño alcanzable.

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