Francisco Círigo
14 de abril. Al cumplirse 35 años de la muerte del compilador del Jarabe mixteco, Ramón Ríos Solano considera que la obra del maestro Antonio Martínez Corro no ha sido valorada en su justa dimensión.
El pianista, integrante del equipo fundador de la Casa de la Cultura y discípulo del maestro Tonchi –como le llamaban cariñosamente quienes le conocieron– afirma que el Jarabe Mixteco “es una obra perfectamente armonizada y equilibrada, con una melodía fresca y un ritmo ágil”.
Asegura que esto es resultado de los amplios conocimientos q ue el maestro tenía de música, principalmente de armonía y composición, pero también de la vida y costumbres de los pueblos de la zona.
Sostiene que la compilación del Jarabe Mixteco es un trabajo similar al que Franz Liszt [1] realizó con sus mundialmente famosas Rapsodias Húngaras, pues Martínez Corro logró plasmar la expresión y el sentimiento de la milenaria raza mixteca, al conjugar la música, las leyendas y las tradiciones de los pueblos de esta región.
El bastón blanco y sus ojos sin vida
Hijo de don Herlindo Martínez, otro gran músico huajuapeño, el maestro Tonchi fue seminarista y profesor normalista, pero también realizó estudios de medicina y contabilidad; ejerció el periodismo en diversos medios impresos del país y del extranjero; y cursó 7 años en la Escuela Nocturna de Bellas Artes, donde fue alumno de Manuel M. Ponce, el más grande de los músicos mexicanos.
Aunque su obra cumbre es el Jarabe Mixteco, entre sus numerosas composiciones se encuentran Por qué, Ita, Canta, Mixteca mía, y el Himno a Cristo Rey –que entona casi todo el mundo católico– así como algunas rondas infantiles y cantos escolares.
Igual que Bach, ocho años antes de su muerte, en 1965, Martínez Corro perdió uno de los sentidos más preciados; la vista. Cuando regresó a la Mixteca después de muchos años de ausencia, ya estaba ciego, pero aún así continuó componiendo e impartiendo clases.
Así le recuerda Ramón Ríos: “Era de mediana estatura, siempre pulcro en el vestir y en el hablar. En su frente amplia se encerraba un cúmulo de conocimientos. Unos lentes oscuros escondían sus ojos muertos, y utilizaba un bastón blanco que movía ligeramente delante de sí para no tropezar. Así recorría el largo pasillo de bugambilias y enredaderas de su casa de las calles de Hidalgo”.
El primer contacto con quien después habría de ser su maestro se dio una tarde de marzo de 1968 en el refectorio del Seminario Mayor, entonces ubicado en la esquina de las calles Morelos y Guerrero. El maestro estaba junto al piano, dirigiendo el ensayo de la estudiantina de la institución, que se preparaba para la recepción del obispo José López Lara. Poseedor de un oído finísimo capaz de detectar las “comas” que hay entre un sonido y otro, en sólo unas horas afinó al grupo, logrando una mejoría notable.
Aunque a Ramón le impresionaron profundamente la figura del maestro y la atención que le prestaban los integrantes de la estudiantina, ese día no cruzó palabra con él. No fue sino hasta un mes después cuando el vicerrector del seminario lo llamó para sugerirle que tomara clases con Martínez Corro, quien había regresado recientemente a Huajuapan. “Es un maestro que toca desde el piano hasta la flauta”, le dijo. En esa época, Ramón Ríos estudiaba piano, pero de una manera autodidacta.
La idea le entusiasmó, pero el jueves siguiente, cuando acudió a su casa, lo hizo con cierto recelo y temor, porque sabía que los grandes músicos se caracterizan por ser malhumorados. Sin embargo, el maestro Tonchi le sorprendió: “Era muy amable, aunque no dulzón. Se sentó a platicar conmigo y me preguntó qué estudiaba, cuántos años tenía, qué quería hacer. Luego, me pidió que tocara la última lección del método Beyer –recuerdo que era la lección 61– y cuando terminé me corrigió la posición y la distancia entre las manos, así como otros detalles técnicos. Desde esa vez me impactó”.
Como maestro, Martínez Corro era generoso y humano. Sus clases eran muy extensas, pues no se limitaba a la enseñanza del piano, sino que las complementaba con dictado rítmico, dictado melódico e historia de la música. Además, platicaba mucho con sus alumnos y les hablaba de su vida. En una ocasión comentó a Ramón que se había casado con una nieta o bisnieta de doña Josefa Ortiz de Domínguez, quien le puso como condición para aceptarlo que abandonara la intensa vida social que el maestro llevaba.
En esa época, las clases particulares se cotizaban entre 100 y 150 pesos en la Ciudad de México. Sin embargo, cuando tocaron el tema de sus honorarios, el maestro Tonchi le dijo: “Ha de saber usted –porque siempre nos hablaba de ‘usted’– que quien del altar vive, del altar tiene que comer, como decía San Pablo; pero yo no voy a abusar, no le voy a cobrar lo que se cobra en la Ciudad de México. Págueme de 5 a 15 pesos, lo que usted pueda”.
Entre los alumnos de piano, violín y canto que el maestro tuvo en sus últimos cinco años de estancia en Huajuapan –a la postre los últimos de su vida– Ramón recuerda a dos seminaristas poseedores de voces extraordinarias: Justo Osio, quien regresó a Huajuapan con motivo de los 50 años del Jarabe Mixteco, tan sólo para cantar Mixteca mía, y Willehado Abraham Cruz, quien siguió viviendo en Huajuapan, se dedicó al magisterio y falleció hace casi dos décadas.
Ramón fue alumno de Martínez Corro sólo un año, pues a finales de 1969 decidió emigrar a la Ciudad de México para estudiar. Cuando le comentó esta decisión, el maestro le felicitó, le auguró éxito y le dio un consejo: “Recuerde que a México, hay que ir a sacarle, no a meterle; vaya, estudie todo lo que pueda, y regrese a su tierra”.
En 1972, cuando Ramón iba a tocar por primera vez en la Sala Chopin, Martínez Corro le pidió que le tocara el programa. En la siguiente visita a Huajuapan Ramón acudió a su casa e interpretó para el maestro las melodías que incluiría en el programa. Después de escucharle con atención, el maestro le hizo algunas observaciones que le fueron de mucha utilidad.
A pesar de la distancia, Ramón mantuvo el contacto con Martínez Corro, quien aunque estaba ciego, elaboraba sus cartas en una máquina de escribir.
En febrero de 1973, Irma, una hermana de Ramón que también había sido alumna de Tonchi, le informó que el maestro estaba muy enfermo. Víctima de la diabetes, se había refugiado con su familia en una vieja casa de la colonia Santa María la Ribera, en la Ciudad de México. Aunque Ramón fue a visitarlo, no pudo verle. Poco después, regresó acompañado por Irma, y ésta vez pudieron cruzar con él sólo unas cuantas palabras, pues estaba en cama y con la salud muy deteriorada. En abril, el maestro murió y sus restos fueron traídos a Huajuapan, para ser depositados junto a los de don Herlindo.
Acto de justicia
A casi 35 años de distancia, cuando parecía que el aniversario luctuoso del maestro Tonchi pasaría inadvertido, como ocurrió los años anteriores, el Ayuntamiento tuvo la iniciativa de poner nombre a la Casa de la Cultura, con motivo del XXV aniversario de esa institución.
Aunque la propuesta original se perfilaba hacia José López Alavez, Ramón Ríos argumentó que, sin pretender restarle méritos, una calle del primer cuadro de la ciudad y la banda municipal de música ya ostentaban el nombre del autor de la Canción Mixteca. Recordó que en Huajuapan existían personajes destacados como Antonio Martínez Corro, Elisa Abascal y el sacerdote González Gatica, que aún teniendo méritos suficientes, permanecían en el olvido.
Finalmente, el Cabildo aprobó esta propuesta y desde el último día de febrero, la Casa de la Cultura se denomina oficialmente “Antonio Martínez Corro”[2].
Ramón Ríos no oculta su satisfacción por la decisión de las autoridades. Considera que fue un acto de justicia, como lo fue hace 19 años la colocación de una placa con el nombre del maestro al salón de música de la institución, como parte del homenaje póstumo organizado en coordinación con la Sociedad Cultural Huajuapeña.
A tres décadas y media de distancia, Ramón sigue recordando al maestro Tonchi, “con sus ojos sin vida y su limpio vestir, reflejo de la pureza de su espíritu; con su paso inseguro y su blanco bastón, caminando bajo el techo de bugambilias y enredaderas de su casa, cuna pacífica de músicos, dramaturgos y poetas”.
A 35 años de su muerte, el espíritu del maestro sigue recorriendo, como en sus años mozos, los polvorientos pueblos de esta Mixteca que tanto amó.
[1] Franz Liszt, pianista y compositor romántico nacido en Hungría (1811-1986). Creador del poema sinfónico, forma típica del romanticismo, y de la moderna técnica de interpretación pianística. Es autor de 20 Rapsodias Húngaras, en las que captar el sentimiento y la esencia del pueblo húngaro.
[2] El viernes 29 de febrero, en el marco de la celebración de su XXV aniversario, se agregó a la Casa de la Cultura de Huajuapan el nombre “Antonio Martínez Corro”, en honor del compilador del Jarabe Mixteco.
La Casa de la Cultura nació oficialmente en febrero de 1983, en el último tercio de la administración de Manuel Bautista Arias y después de dos años de gestiones ante el gobierno del estado. Dos de los principales promotores de su creación fueron María de los Angeles Abad y Luis Guevara.
Aunque el de las casas de cultura fue uno de los principales programas del gobernador Pedro Vázquez Colmenares, la de Huajuapan no fue incluida en el paquete de las primeras 26 que fueron creadas en la entidad. Sin embargo, la persistencia en las gestiones logró que el 6 de febrero de 1982 fuera publicado en el Periódico Oficial del Gobierno del Estado el decreto de expropiación del predio que hasta la fecha ocupa esa institución y poco después iniciara la construcción del edificio.
Un factor decisivo para su autorización fue la estrategia de crear una “cultura sin casa”, en contraposición con la realidad de muchas de las existentes en esa época, que eran “casas sin cultura” porque operaban con muy bajo nivel de actividad, a pesar de que contaban con instalaciones, personal y presupuesto.
En el caso de Huajuapan, se crearon los talleres de iniciación artística “Pro Casa de la Cultura”, que empezaron a funcionar en la explanada que dejó el Palacio Municipal cuando fue demolido tras el sismo del 24 de octubre de 1980. El primero de ellos fue el de pintura, a cargo de José Luis García; después el de danza, bajo la responsabilidad de César Martínez, y el de teatro, dirigido inicialmente por don Juan Moreno y luego por quien esto escribe.
Al autorizarse oficialmente la creación de la Casa de la Cultura, María de los Angeles Abad, fue designada directora. Los primeros maestros fueron José Luis García (pintura); César Martínez y Leonor Leal (danza); Ramón Ríos y Carlos Trujano (piano y guitarra, respectivamente); y Francisco Círigo (teatro).
Ramón Ríos fue alumno del maestro Antonio Martínez Corro, a quien profesa un profundo cariño y gratitud. Sus textos, escritos con motivo de los aniversarios luctuosos del maestro y su amena plática, dan vida a esta semblanza.
Este texto forma parte del libro “Ni callada ni dormida, historias de Huajuapan” de Francisco Círigo, que será presentado a mediados del mes de mayo.

Leave feedback about this